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miércoles, marzo 13, 2013

Lirios marchitos

Huele a tierra mojada y a lirios marchitos: el aroma de la tumba. Cierro los ojos y aun así percibo la presencia de los cipreses, vigilantes, atentos: los abro y la extensión salpicada de lápidas grises surge de nuevo.
Un par de pequeños mausoleos: piedra blanca y gris. El vacío, ¿dentro? ¿O tal vez la plenitud del viaje acabado? Lo ignoro: no hay respuestas que vengan de dentro. 
La estatua erosionada de un ángel es un hito en el camino de promesas rotas, vidas truncadas, esperanzas desvanecidas. Pero yo no me paro ahí: mi camino sigue.
Me apresuro, aunque no hay prisa. Aun así, siento que el cementerio no es mi lugar: aun no. Estoy de paso aquí... de momento.
La pared blanca llena de nichos me sobresalta: sé que está ahí, pero aun así su mole se abalanza contra mi. Placas desgastadas y nombres olvidados conviven con otros recientes: las flores marchitas y otras ofrendas indican quiénes aun son recordados. ¿Yo lo soy? ¿O soy olvidado en vida?
Vida y muerte: recuerdo y olvido. Lucha y descanso. ¿Qué más me dan? Sólo he venido asaltado por la duda.
Sigo caminando.

domingo, marzo 03, 2013

Días soviéticos



"Cuando nieva, los días parecen, como mínimo, un 18% más soviéticos."
Sergio Aguilar, agudo observador.


Desde la ventana observo la nieve caer: son sólo unos copos, que parecen no prosperar sobre el asfalto de la calle. Enseguida abandono la comodidad y el calor de mi hogar para dirigirme al trabajo.
En la calle comienza a nevar más fuerte y la abundancia de los copos, sumada a la velocidad del viento, me impiden ver con claridad.
Voces en alguna lengua extranjera se escuchan a mi espalda: es algún idioma eslavo que no determino. ¿Polaco? ¿Ruso?
Miro hacia atrás y, en la escena gris que descubro, observo a dos sujetos enormes de rostro redondo. Les cedo el paso. 

- Spasiba, tovarich – grazna uno de ellos.

Sigo caminando hacia la estación de Metro, padeciendo el frío y el viento, con los copos helados golpeando mi rostro.

En los vagones más voces eslavas, más rostros redondos, abrigos de piel... Trasbordo, el ferrocarril de Cercanías, un andén al aire libre, más nieve, más frío: no hay refugio.
Unos minutos de calma en el calor de otro vagón y, pronto, otro trasbordo, otro andén al aire libre pero, aun más estrecho, más expuesto.
A mi alrededor la gente espera, buscando evitar el impacto del viento y la nieve tras las escasas columnas del techo de chapa.
La escena se vuelve gris: los gorros de piel son ahora mayoría y abrigos de vetusto diseño cubren los cuerpos de los viajeros.
El rótulo del andén indica que los trenes viajan en dirección al norte, a Camarada Sebastián de los Soviets. El tren no tarda en aparecer: la gente busca las puertas, que se abren y dejan bajar a anteriores ocupantes.

- Davai, davai, tovarich – clama algún impaciente

Subo, encuentro asiento. Asisto al espectáculo de siempre: mamushkas con sus niños impacientes por jugar con la nieve, grupos de babuskhas con pañuelos cubriendo sus cabezas y, como no, algún vejete indignado por el retraso del convoy:

- Esto no pasaba con el Padrecito Stalin.

Me intento relajar leyendo mi ejemplar de Pravda cuando... ¡un ruido desgarrador me despierta!

La escena gris ha desaparecido, estoy en mi cama mientras suena el despertador. Lo apago, me levanto y miro por la ventana. Nieva.





lunes, noviembre 26, 2012

El otoño derrotado

Hoy el cuervo me ha hablado, posado desde la rama de un árbol de hojas amarillentas, con su graznido atemporal, superviviente de la noche de los siglos.
Ese cuervo me ha hablado, con el ronco sonido de la primitiva sabiduría de los que han visto el paso del tiempo, del que ha sido vigilante en los días pasados.
El cuervo me ha hablado, con ese seco quejido que tanto extraña y sobresalta, nota discordante en la quietud del día gris.

- El invierno es mañana y el suelo, la fría tumba del manto de hojas. El invierno es mañana y el aire helado, el señor victorioso ante el otoño derrotado.

Así me habló el maestro cuervo: no pude más que asentir. Y partí, con el corazón apenado por los días del verano ya olvidado.

lunes, abril 19, 2010

Esta tarde: el Malvado Hombre de los Helados

Soy el Malvado Hombre de los Helados, y aquí estoy, una vez más. Soy la enésima encarnación del Malvado Hombre de los Helados.
Y aquí estoy una tarde más: sigo siendo el Malvado Hombre de los Helados, hasta que otro me reemplace al volante de la furgoneta de helados.
El hombre de los helados, preparando el cucurucho con sus dos bolas, mientras suena la musiquita: ¿tendrá sorpresa el helado?.

miércoles, junio 10, 2009

Mi presa

Te estoy mirando ahora mismo, acechándote con mi mirada que, fija en ti, roba cada pequeño movimiento para atraparlo en la jaula de mi mente: de esa jaula de la que no escapas. Te acecho porque soy una fiera agazapada, presta a saltar sobre ti y darte la muerte de mis labios, con su veneno latente. Te vigilo porque no quiero que te escapes, ni que se escape una sola imagen de ti: un único gesto que no llegue a ver será una puñalada para mi alma, que vive de absorberte.
Te estoy mirando porque eres mi presa: de tu carne vive la mía, de tu alma subsiste la mía. Te observo porque no dejo de temer que desaparezcas en un único segundo. Te observo porque cada instante es tu templo, cada momento se convierte en tu altar: te observo porque te adoro.
No es que te observe, no es que te mire, no es que te adore, ni que me embobe... es que te vivo.

Para Laura, con su rostro tierno :-P

martes, enero 29, 2008

Esbozo

Buscándome entre tus formas, perdido ya del deseo, contemplándote, admirándote: sólo podía obrar así. Ya había olvidado dónde estaba, qué me rodeaba, qué hacía allí, aunque todo estaba claro a la vez. El momento era tuyo: no había más. Habías eclipsado el mundo a tu alrededor con esa luminosa presencia que te delataba, te hacía inconfundible. Ahí estabas tú y el mundo desaparecía. Sin lugar, sólo me quedaba tu momento, atrapado en esta burbuja llamada tiempo.

Pensé seriamente por qué en ese momento no era capaz de buscar tu tacto, la pureza pálida de tu piel, por qué no podía tocarte, por qué ni un músculo de mi cuerpo reaccionaba queriendo tan sólo el suave roce. Quise dar un paso hacía ti, y no pude. Y lo supe.

Como una revelación, susurrada en ecos fantasmagóricos para mi mente, la verdad me llegó, me alcanzó aumentando el deseo y distanciándome de la satisfacción de aplacarlo. El conocimiento que no calma la sed de mi alma, que quiere beber de ti.

Sin mácula el blanco fulgor de tu piel me hipnotiza. ¿Ha pasado un segundo? ¿Ha pasado una hora? ¿He envejecido mirándote? ¿O el tiempo se detuvo, cautivo también? No lo sé, no me importa, ya no hay mundo, ya no hay vida. Sin lugar todo es superficie muerta y tu momento es todo vida.

Apocalíptica, la única palabra que te describe. Si, eres la forma del Fin del Mundo: lo hiciste desaparecer, ya no existe para mi. Ahora sólo estás tú, tu piel apagada tragando mi mirada mientras los detalles, luchando por el contraste, surgen como revelaciones, objetos de culto: tal vez guardianes de nuevos misterios. Como la breve mata de castaño atenuado vigilando donde confluyen tus muslos, o la palidez rosada que culmina la suavidad de cada seno. Y en el ecuador de tu cuerpo el botón mágico que te separaría en dos mitades igualmente hermosas, ese pequeño ombligo reivindicando su presencia desde su lugar estratégico, tal vez queriendo que lo corone un beso.

Y al final mi mirada está de paso por tus formas de mujer, por eso detalles femeninos que captaron fugazmente la lujuria y que al final no pueden competir con la dulzura de tu cara.


Dedicado a María

miércoles, diciembre 19, 2007

La cuesta

Este es mi pequeño homenaje al Maestro en el Año de Horrores sin Nombre


Ascendiendo por la empinada cuesta, típica de urbe castellana, resbalando en las escasas aunque molestas placas de hielo, fruto de la frialdad del suelo tras la noche glacial. Subiendo jadeante mientras su aliento formaba vaharadas, demostrando así la contundencia de la temperatura, con la mirada perdida, ensimismado en sus pensamientos: era este el estado en el que se desplazaba, paso a paso, metro a metro.

El ensimismamiento de la mente se sumaba a la fatiga del cuerpo, formando un binomio extraño de desgaste íntegro, manifestado en unos ojos que no parecían pendientes de una realidad que, en forma de una cuesta helada, le apremiaba a continuar la marcha, mientras el látigo del frío reforzaba esa urgencia.

La figura parecía perdida en la calle, desubicada, rompiendo la completa calma del lugar con su accidentado paso: un paso irregular, errático, sujeto a tropiezos y resbalones frecuentes, pero que no daba muestras de cesar. El camino seguía, y la figura solitaria avanzaba hacia un destino que esperaba la incierta llegada de sus pasos.

La creciente claridad aportaba matices irreales y la luminosidad, en su rico despliegue de brillos mágicos, desbordaba el panorama con matices oníricos al reflejarse contra el océano de cristal incrustado en los edificios. El hombre de la mirada perdida comenzó a observar el fenómeno del amanecer en la ciudad todavía dormida, aflojando su paso, arrastrado por la vehemencia del momento, capturado por el hechizo del día naciente y algo más... una fuerza primaria, oscura, superviviente de evos extraños y un mundo ya distante, una fuerza acechante, viva y muerta a la vez, antinatural y pretérita.

Ya no hubo ciudad de ladrillo y cristal, arrancada por las moles de piedra negra plagadas con oquedades de siniestra oscuridad. Ya no fue la luz anaranjada del amanecer la que le alumbró, sino el rutilante centelleo de unas estrellas extrañas, inundando una noche jamás de ellas tan poblada, salvo en épocas por nadie recordadas, en las que ni las más remotas formas de la vida tal y como la conocemos habían salido de la sopa primordial. Observó las cilíndricas y pétreas construcciones, horadadas por túneles y aperturas de significado desconocido, intrigantes testimonios de misterios primigenios. Y chilló.

Sus pulmones se vaciaron en un grito, un único grito, esfuerzo último de una cordura que se rompió allí. Su mirada ya no estaba perdida, sino fija, fija en ese punto en el que su mente afrontó la última batalla, perdida irremediablemente ya.

El lugar donde las formas, de obscenidad antinatural, ajenas a este mundo, flotaban retorciendo sus semitransparentes y cartilaginosos cuerpos, entremezclando probóscides y tentáculos, formando una cortina de apéndices fundiéndose, naciendo deformes y efímeros frutos de la abominación reinante, entre burbujeantes explosiones de una materia ajena a la comprensión... como en una pesadilla de Lovecraft.

viernes, marzo 16, 2007

Encuentros

Esta mañana, durante el atasco en la autopista, he tenido un encuentro sorprendente.

En el coche estábamos mis dos compañeros y yo, agobiados de calor, aguantando pacientemente el suplicio del trafico madrileño, cuando he observado que, en el vehículo de al lado, estaba él.

- JJ, mira quién está en el coche de al lado. Es él.

- ¿Quién?

- Es él, JJ.

JJ miró a ese coche, y observó al conductor. Se quedó sorprendido.

- Es él – me confirmo.

- Lo sabía, JJ. No había muerto.

- ¿De qué habláis? - preguntó Esteban, al volante.

- Mira al coche que tienes a tu lado.

Y miró al coche. Lo vio. Su cara estaba turbada. No podía creerlo, pero lo sabía. Lo estaba viendo.

- Tenemos que confirmarlo – dije

- Si, estas cosas no se pueden afirmar a la ligera.

Bajamos las ventanillas del coche. Hicimos señas al conductor del vehículo de al lado. Bajo su ventanilla.

- Mi general, ¿es usted?

- ¿Qué? - pregunto

- ¿Es usted, mi general?

- Creo que me estáis confundiendo con otra persona.

- No, mi general. A usted no le podríamos confundir.

- ¡Qué yo no soy general, hostias!

- Es cierto, es usted mas que eso, es nuestro Caudillo, mi General.

- ¿Pero qué hostias os pasa, gilipollas? ¿Estáis drogados?

- ¡Es él! ¡Es él!

No nos cabía duda: enseguida supo cuales eran los mayores males de nuestra sociedad. Gilipollas y drogados: nuestro Gobierno. Era él. Sólo el podía resumir en breves frases la agonía de una nación, el padecimiento de un pueblo noble que lucha por seguir adelante, mientras le llueven hostias de todos lados: desde dentro y desde fuera.

- Mi General, vuelva usted al mando activo, hace mas falta que nunca.

- ¡Idos a tomar por el culo, payasos! - su voz nos lleno con este mensaje.

Y dicho esto, subió la ventanilla de su vehículo. El tráfico avanzo un poco, y su carril se movió. Le perdimos. Pero su encuentro nos había llenado. Sabíamos que no estábamos solos.


S. Aguilar
Mi correo al revés:
moc[punto]liamg[arroba]anilomraliugaoigres


Nota del autor: fue publicado originalmente el 8 de Junio de 2006 en Caminando sobre las dunas, mi anterior bitácora, ya desaparecida, en La Coctelera.

Los Dioses Antiguos

Me desperté sobresaltado, desasosegado: una sensación de agobio se había apoderado de mí durante el sueño. Y no me había abandonado al despertar.
Y supe por qué no lo había hecho. Me vigilaban. Se movían alrededor de mí como sombras confusas, como figuras vagas, etéreas, flotando sin rostros, nada mas que manchas en la oscuridad.
El terror me inundaba, mi garganta se secó, mi corazón pugnaba por huir de mi pecho y mis sienes parecían querer explotar.
Intente levantarme, pero el terror me paralizaba: no podía moverme. Y abrí mi boca esperando que surgiera el grito, el grito que pusiera fin a la pesadilla que, sin lugar a dudas, era la que me estaba envolviendo en esta agonía muda.
Hablaron. Sí, de repente, sin previo aviso. Las formas vagas, las sombras sin rostros: me hablaron. Y no poseían una voz sino varias. Y supe que no se trataba de un único terror, sino de varios.
Sus voces trémulas, como sus formas, me hablaban. Al principio no escuchaba: mi angustia había nublado mi capacidad de entender. Pero fui escuchando esos susurros que eran sus voces.
Varias voces me llamaban por mi nombre, en ese siniestro susurro, con ese matiz inhumano. Sus mensajes me llegaban, pero me traspasaban.
Palabras malditas, lenguas muertas: el Mundo se movía, pero las sombras parecían pertenecer a un tiempo pretérito ya. Eran un recuerdo, un guiño del Tiempo hacia lo que ya había pasado, hacia lo que no podía volver. Pero ahí estaban.
Sus palabras cambiaron, y ya escuchaba mi lengua. Supe lo que me querían decir.
- Somos los Dioses Antiguos, los que estábamos cuando tú no existías, los que morábamos en los corazones de los que te precedieron, a los que se adoraba cuando los tuyos ni pisaban esta tierra.
Mi voz, débil, temerosa, espejo de mi miedo, apenas audible, formuló la pregunta que me asaltaba la mente:
- ¿Qué deseáis de mi?
- No deseamos de ti más de lo que otros desean.
Cada vez estaba mas aterrado. ¿Qué querían? ¿Por qué seguían aquí?
- Deseamos tu homenaje, tu devoción, tu lealtad, tu adoración. Deseamos de ti que nos rindas nuestro tributo, que nos alimentes, que nos des vida de nuevo. Danos lo que reciben los Otros Dioses, los que nos suplantaron, los que nos relegaron al olvido, los que nos condenaron a este destierro en las sombras.
- ¿Qué he de daros?
- Sangre. Haz que la sangre mane, que la sangre se derrame en nuestro nombre. Que los hombres maten por nosotros, mueran por nosotros. Sangre. En nuestro honor, en nuestro nombre.
Y ahí se perdieron sus voces. Sus formas se desvanecieron. Me quede solo de nuevo, reflexionando, pensando. Me volví a dormir, pensando que, sea la época que sea, el momento que fuere y las circunstancias diferentes, los Dioses siempre piden lo mismo: sangre.

S. Aguilar
Mi correo al revés:
moc[punto]liamg[arroba]anilomraliugaoigres

Nota del autor: fue publicado originalmente el 26 de Junio de 2006 en Caminando sobre las dunas, mi anterior bitácora, ya desaparecida, en La Coctelera.