Hace varios años leí por primera vez
Alamut, una fascinante novela escrita en 1938 por
Vladimir Bartol, que nos cuenta una más que interesante historia, la de
Hassan ibn Sabbah,
el Viejo de la Montaña, líder ismaelita que creo a los
hashshashín, una secta de asesinos fanáticos que aterrorizo Oriente Medio durante décadas (si, la palabra asesino viene de ellos).
El arquitecto de la historia, puesto que es el que controla y dirige cada hilo, es Ibn Sabbah que, atrincherado en su fortaleza inexpugnable de Alamut y rodeado por sus fieles, maquina y manipula para destruir el imperio de los turcos selyucidas, que se han apoderado de Irán y controlan al califa de Bagdad. Las intrigas y artimañas del Ibn Sabbah, líder ismaelita, le llevan a moldear y manipular las mentes de sus adeptos para la consecución de su objetivo final, llegando a deshumanizar a las personas que le rodean para convertirlas en herramientas de sus planes.
Cuando leí esta historia hace varios años quedé fascinado por el poder de manipulación sobre la gente, como mediante propaganda, miedo y mentiras lograban inculcar la adhesión incondicional a una causa, en ese caso el ismaelismo, escisión del tronco del Islam, y la determinación suicida por esa devoción. Recordé que, en la época en que se escribió esta novela, estaban en alza los totalitarismos en una Europa plagada de fanáticos, y no pude menos que pensar que la historia era un reflejo de lo que el escritor estaba viviendo. No pude dejar de ver a Ibn Sabbah como el totalitarista manipulador que mueve los hilos para lograr su objetivo del poder absoluto sobre los demás.
Mi relectura actual, finalizada hace pocos días, ha hecho que me fije más en otros aspectos de la novela, como la búsqueda de la verdad, que hace que los personajes se vean arrastrados hacia el fanatismo religioso, el fervor y la devoción con el que, en cierto modo, los personajes se aferran a una vida carente de alicientes en una zona convulsa por el control de los turcos selyucidas, que han convertido la región en su imperio.
Fedayines y esclavas no son más que personas convertidas en instrumentos bajo diversas circunstancias, en espera de revelaciones que, cuando llegan, les llevan a la destrucción: la verdad es una verdad terrible que arrastra los protagonistas hacia el fin cuando la mentira que les rodea les da paso.
También he de destacar que en esta relectura el personaje de Ibn Sabbah se me hizo más humano: su explicación de sus motivos, de su trayectoria y de sus fines le convierten en un visionario profético en busca de una utopía, pese a sus despiadada metodología para llevarla a cabo.
Sin lugar a dudas recomiendo que leáis Alamut con detalle, que meditéis sobre lo que leéis y que advirtáis las similitudes de esa época con la actual, con un Islam dividido, fragmentado y fanatizado, con potencias invasoras en Oriente Medio y con líderes dispuestos a sacrificar a los demás para alcanzar sus objetivos.